La flor que hablaba sin voz.

Don Carlos se había perdido en el porche de su casa, si, en el porche de su casa, había sido transportado al mundo de la contemplación al observar a una pequeña flor que crecía entre una porción de tierra a penas visible desde su silla. ¿De dónde había salido? ¿Por qué había tenido el valor de crecer entre sus propiedades? ¿Eran en si sus propiedades sólo porque un papel lo decía? ¿Por qué existir cuando se puede tener la tranquilidad de la nada? ¿Por qué era tan bella y no había tenido nada que hacer?, estas preguntas llevaron a Don Carlos a un estado de pensamiento más profundo de lo normal, hasta que su pequeño nieto de 4 años interrumpió aquel estado y pasó corriendo por el porche.

-¿A dónde vas, pequeño?- dijo Don Carlos.

-Voy a jugar al patio, hoy que entré a la casa vi una flor muy linda y quiero presentársela a mis juguetes, estoy seguro de que la encontrarán más que hermosa.- dijo Gerardo con un tono de inocencia característico de la niñez.

-Pero Gerardito, tus juguetes no pueden hablar ni oír al igual que la flor.

-Abuelo, tú puedes escucharme y hablar, ¿por qué esa flor tan bonita y los juguetes que me regalan tanta alegría no tienen derecho a hacerlo?

Don Carlos se quedó mudo, ¿qué tiene él de especial como para poder escuchar y hablar? ¿cuál es el objetivo de ello? “comunicarse” pensó de inmediato. Volvió su mirada a su nieto y vio una sonrisa increíble, dejó de pensar y corrió a abrazar a su nieto, a hablar con la flor y jugar con muñecos.

 

 

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