Sobre las fronteras

 No dejes que una frontera consiga determinar el país de una flor

Jesús María Hernández Gil

 

Las fronteras, curioso concepto que en resumen significa límites, ya sean políticos y geográficos o culturales e ideológicos- El hombre se ha puesto fronteras desde que nuestros antepasados dejaron la vida nómada atrás y se comenzaron a formar civilizaciones en base al sedentarismo y es que era necesario marcar estos límites como control, para la supervivencia del homo sapiens.

Las primeras civilizaciones en usar fronteras geopolíticas fueron aquellas del próximo oriente, Mesopotamia y Egipto, y el principal recurso para trazar estos límites fueron los ríos Tigris y Eufrates, divisiones naturales al carecer de sistemas avanzados de cartografía.

Con el paso de la historia más y más civilizaciones se fueron formando y creciendo. Ese aumento perceptible y gradual de tamaño, junto con el deseo del hombre de tener más, orilló a las grandes masas de personas a generar conflictos bélicos para la dominación de uno o más territorios, es decir, para extender sus fronteras geográficas, además de aquellas ideológicas con las que impondrían su cultura. Los romanos lo hicieron, los persas, mongoles, bizantinos, ingleses, españoles, franceses, portugueses… una gran cantidad de países, reinos o imperios lo hicieron, en diferentes lugares y tiempos, pero el concepto de frontera política y social ha existido y se ha procurado la extensión de ella, acompañado de un deseo de riquezas y “éxito”.

Miles de años después de las primeras fronteras nos ajustamos a esta práctica para procurar el orden social por medio de países que regulan la economía y leyes de un determinado lugar y/o cultura haciendo de este sistema “estable” según la región en donde se encuentre, y señalo la palabra “estable” entre comillas porque hasta ahorita no se ha construido ninguna utopía como con la que sueña Tomás Mora en su libro Libellus . . . De optimo reipublicae statu, deque nova insula Vtopiae (Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía).

            Las fronteras políticas y geográficas han tenido cambios, pero no tan drásticos como los que sucedían el siglo pasado con la desintegración de la URSS o el intento de dominio del partido Nacionalsocialista alemán, sin embargo las barreras que la comunicación tenía hasta hace unos cuántos años han sido rotas casi en su totalidad por esta herramienta que usamos día a día llamada internet. Con esta conexión en redes la información entre personas de todo el mundo se comparte de manera casi inmediata y con la evolución de las redes sociales como Facebook, twitter, instagram y muchas más es posible conocer qué hacen otras personas con el simple hecho de estar frente a un monitor, y se hay una confrontación fuerte respecto a este tema sobre si el uso de el internet es el más adecuado por parte de los jóvenes ya que representa beneficios en cuanto a comunicación e interculturalidad, pero también puede ser usado para profanar, ofender o publicar obscenidades que de ninguna forma contribuyen a la formación de una sociedad sana. Ese es otro tema y en otro momento será tratado, pero la clave de esto es que gracias a este medio las fronteras culturales se han minimizado al poder aprender de otros lugares y costumbres por medio de un solo click, aunque claro, esta experiencia nunca será equiparada como la de salir, explorar, sentir el calor, probar la comida de una región, mirar directamente a los ojos a su gente y volverte amigo de ella… pero ha significado un paso muy importante, sobre todo como herramienta para la inclusión social y movedor de masas para causas benéficas.

            Tras plantear los antecedentes históricos y el contexto actual de la comunicación me puedo preguntar: ¿cómo ha influido en mí las fronteras?. Ciertamente, la mayor parte de mi vida he vivido cerca de una frontera, primero al sur con Guatemala y después al norte, con nuestro vecino y padre capitalista, los Estados Unidos de Norteamérica. Con el segundo no he tenido tanta interacción, así que podemos prescindir de mis experiencias con él ya que no resultarían del todo enriquecedoras.

            Hace un par de años me encontraba en un autobús con origen en el sureste de México camino a la capital, el Distrito Federal, y a mitad de la noche, sobre la carretera en Veracruz el camión fue detenido. Un oficial de la policía federal entró con una luz muy intensa y repasó el rostro de todos los que iban en el autobús y cuando llegó conmigo se detuvo.

–Su identificación –me dijo con un tono de voz nada agradable, busqué en mis bolsillos y solamente pude encontrar una credencial de mi colegio y se la entregué. Preguntó por mi nombre, el de mi directora según la tarjeta de la escuela, cuál era el propósito de mi viaje y al finalizar se me quedó observando como si fuera un sospechoso buscado por la policía y tomó mi suéter, vio la etiqueta e hizo una mueca, me devolvió mi credencial y se fue. No entendí de inmediato que ese cuestionario era por las personas que pasaban ilegalmente la frontera con objetivo de trabajar en tierras mexicanas o viajar hasta llegar a Estados Unidos, pero a partir de esa experiencia y tras escuchar varias noticias respecto al “cruce” de las fronteras he podido observar que en ocasiones las personas encargadas del control de migrantes suelen ser algo duros.

            Ciertamente las fronteras culturales se han visto reducidas (o ampliadas) por la comunicación masiva entre las personas, por el fácil contacto que se puede tener, así como el intercambio de expresiones artísticas, ya sea en la literatura, como en el cine, la fotografía entre otras herramientas.

Sin embargo, las fronteras políticas y geográficas siguen siendo un tema muy serio, sobre todo en países con alto desarrollo como lo es Estados Unidos de Norteamérica, pero los motivos de cruzar esos límites no siempre son con deseos de poder basados en egoísmo, muchas veces también lo son de superación y esperanza, de querer alcanzar algo más allá de lo que puedes en el lugar en donde estás y ese espíritu no se le debería reprochar a nadie, porque es esa actitud y compromiso la que necesitan las sociedades de hoy en día, no sólo hablando como naciones, sino también como especie, y familia.

Por David Rodríguez Pérez

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Hablando de Marlén

La noche se hacía presente en el teatro Metropólitan de la Ciudad de México un 3 de Junio de 2011, por fuera, la oscuridad que viene después del crepúsculo, por dentro, una ola de personas vestidas de negro queriendo escuchar la poesía cantada de Nacho Vegas.

Con catorce años creo que era el personaje de menor edad entre los que estaban en el concierto, y me sentía algo cohibido por lo mismo, pero el tío que me acompañaba me hacía sentir cómodo con eso, estaba feliz por estar a unos metros de uno de mis más grandes ídolos musicales de ese entonces.

El concierto empezó con “Cuando te canses de mí” y desde ese instante me perdí en el infinito que creó ese momento, cada canción que tocaba el músico asturiano me la sabía de memoria y la cantaba desde el corazón. En un momento hizo una pausa para celebrar el cumpleaños del tecladista que lo acompañaba, Abraham Boba, y México le dedicó las mañanitas desde la capital, no sabía hasta ese momento que tantas personas compartían un gusto similar al mío y apreciaba realmente cada minuto de mi estancia ahi´ y luego de unas canciones más, todo cambió. Escuché un acorde en “Mi” que no era de alguna canción que conociera, me pregunté cuál y empezó a cantar:

Hablando de Marlén, nadie recuerda bien el día en que perdió la voz,
o si es que fue ella quien dejó de hablar.
Se la solía ver con un trozo de pizarra gris
colgándole del cinturón,
a veces había algo que decir.

La hicieron nacer entre bruma y carbón
en algún lugar de la cuenca minera,
pero ya de muy pequeña alguien la trajo a Norteña,
y aquí vivió hasta el final …
aquí vivió hasta el final …

Marlén dio en trabajar por las noches en un club,
el Huracán 72, por dos duros y habitación.
Algunos por allí la conocieron bien,
decían “Ven, mudina, hazme feliz.
Ven y, ya que no hablas, chupa aquí”.

Creo que la vi una tarde en pleno invierno,
recostada en la playa de San Lorenzo,
dibujando con dos dedos en la arena y frente al viento
algo que la mar borró …
algo que la mar borró …

La recuerdo al pasar, sangre seca en su nariz,
y cómo nos reíamos y nos reíamos.
Un día sin más la dejamos de ver,
y creo que nadie preguntó.
Y cómo nos reíamos.

Transcurrió un mes sin que nadie la extrañara,
y alguien la encontró en su habitación ahorcada,
y había escrito en la pizarra estas últimas palabras:
“Adiós, Norteña, olvídame” …
“Adiós, Norteña, olvídame” …

En esa canción no canté, me quedé mudo contemplando cada segundo esos misteriosos versos y la música que me atrapaba, sentí algo en mi pecho y al terminar sabía que debía encontrar el nombre de esa canción por lo que intenté recordar fragmentos de ella para después “googleaerla” y el resultado que obtuve fue: “Hablando de Marlén”, una canción que habla sobre desgracias con una tranquilidad que te da un golpe en el alma, pero no de esos golpes que te tiran dejándote impotente, sino de aquellos que te despiertan, que te dicen que mires afuera y te dan dos lecciones:

  1. Valorar lo que tienes y eres.
  2. Hacer algo por los demás.

Esas fueron las lecciones que me dejó aquel hombre de Gijón sin querer esa noche, y son cosas que cada día intento recordar.

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El último primer día

Era el último día de los primeros de su verdadera vida.

Después de años sin atreverse a amar, Don Enrique había decidido ir a la playa de San Sebastián en busca de aquella chica que en el verano del 96 lo dejó sin algo más que palabras, aquella figura femenina que le había robado el alma en un suspiro, la que hizo nacer en él material a sus pensamientos para viajar.

Después de casi 18 años de aquél súbito encuentro, al fin había tomado el valor para ir en busca de sus sueños, para empezar a soñar despierto y vivir lo que alguna vez invadió sus noches y pensamientos.

Llegó a la playa tan seguro de que vería aquel rostro otra vez, tan lleno de esperanza y deseo, pero con el pasar de las horas su esperanza se iba, una y otra vez, montada en las nubes de aquel cielo que prometía algo más.

Pasaron así las cuatro estaciones y ella nunca llegó, y tras un año entero, con el cansancio del alma que provoca la espera decidió sentarse frente al mar y encomendarse al incierto mañana y a la luz del ayer, regalándole un último suspiro a aquél lugar que lo vio vivir de verdad.

99 margaritas blancas, una extraña y un girasol.

Margarita despertaba cada mañana con una ilusión inmensamente grande, le encantaba nacer con el amanecer y apreciar ese sol tan basto y lleno de luz y calor, le gustaba sentir esa cálida sensación sobres sus pétalos y sentirse viva.

Era un sentir increíble, pero algo cambió esa vez, Margarita vio algo que no creía, una versión gigante de ella.

Margarita, por alguna razón había crecido con pétalos amarillos y todas sus amigas blancas la miraban extraño, creyendo que no era una de ellas, a veces eso la hacía sentir diferente, pero no era motivo suficiente para que dejara de disfrutar de la luz del sol al amanecer.

–Dicen que ha estado con los humanos y la abandonaron aquí- escuchaba de sus amigas margaritas.

–Dicen que se puede mover y siempre mira hacia el sol, que no hay momento del día en que no sienta su calor.

“¡Que siempre mira hacia el sol! ¡qué barbaridad! sería genial si fuese posible, pero las flores no nos podemos mover con tal libertad” pensaba con admiración y un poco de desmotivación.

–¿Es verdad eso? –preguntó curiosa.

–Eso dicen, no podemos hablar directamente con ella así que sólo decimos lo que nos dicen nuestras vecinas más cerca… es un gigante –le respondieron sus amigas plantadas al lado de ella.

A partir de ese momento Margarita al ver el amanecer que le quedaba de frente también ponía especial atención al girasol, viendo si efectivamente podía moverse sólo para seguir al sol, y con el paso de los días se dio cuenta de que efectivamente era así, y sin conocerlo llegó a tenerle una gran admiración, un poco de envidia, pero más del primero.

Un día una niña muy risueña paseaba por los campos, sentía sus pasos y saltos en las vibraciones de la tierra y le daba algo de miedo que fuera a arrancarla de su tierra. “Estas personas no tienen nada mejor que hacer” llegaba a pensar, y minutos después su pesadilla se hizo realidad, la niña tomó su tallo entre sus dedos y la arrancó… tuvo un efímero momento de angustia y preocupación, pero esta se calmó cuando vio que la niña se dirigía al girasol, tal vez después de tanto esperar podría conocerlo y volverse buenos amigos, tal vez el girasol le contaría su secreto para seguir al sol.

La niña tomó el girasol y ya con la margarita fue a sentarse bajo la sombra de un árbol.

–Tú te llamarás Elisa, girasol, y tú Margarita tal y como eres, pequeña florecita. Ustedes se parecen mucho, estoy seguro que son hermanas o al menos parientes cercanos.

“Esta niña y sus pensamientos” pensaba Margarita.

–Hola, Girasol –se atrevió a decirle.

–Hola, Margarita, ¿cómo has estado? –le respondió.

–Muy bien, girasol, más ahora que puedo hablarte, siempre te he querido hacer una pregunta –dijo emocionada.

–Dime entonces, ¿cuál es? –respondió girasol.

–¿Cómo haces para seguir al sol siempre?

–Oh, eso… no eres la primera flor que me lo pregunta, sinceramente no lo sé, simplemente lo hago –le respondió a Margarita, quién se sentía un poco desanimada por su respuesta– pero te diré algo, no te desanimes, cada flor que existe sobre la tierra tiene una belleza única y una característica especial. Tal vez la mía sea seguir al sol todo el día, pero siempre hay otras cosas.

–Yo no tengo nada –le reprochó Margarita.

–Claro que sí, sólo debes encontrar qué es –le respondió el girasol.

–Mamá, ¡mamá! mira lo que encontré, es un girasol y su hermanita menor- dijo la niña dirigiéndose a una señora con un tono de ternura tan hermoso que la Margarita se conmovió.

–Qué bonito, bebé, ¿sabes? en mi lugar preferido dicen que encontrar margaritas y girasoles juntos es de buena suerte, que hubo un tiempo en donde crecían juntas y eran felices, que las dos miraban siempre al sol –le respondió su mamá.

–¿Y por qué ahora es raro verlas juntas? ¿por qué las margaritas no siguen al sol? –le preguntó con gran inquietud.

–Porque las demás flores siempre las envidiaron, se preguntaban por qué ellas dos podían seguir al sol, y las demás no y ninguna sabía por qué. Fue entonces cuando la familia de las margaritas amarillas, llenas de humildad dejaron de hacer la tradición de vigilar al sol, y se hicieron más pequeñas para que las demás flores no sintieran envidia.

–¿Entonces las margaritas son humildes? –le contestó la niña.

–Pues eso es lo que me contaban de pequeña, yo siempre he creído que son hermosas, y que incluso sin saber mirar al sol pueden causar la envidia de muchas, pero su belleza nadie se las puede quitar.

Margarita se conmovió al saber que un humano pensara así sobre ellas, miró a Girasol y le dijo:

–Gracias.

–¿Por qué? –le respondió el girasol.

–Por recordarme algo que había olvidado sobre mi.

–Pero no hice nada –le dijo Girasol.

–Hiciste más de lo que crees.

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