El último primer día

Era el último día de los primeros de su verdadera vida.

Después de años sin atreverse a amar, Don Enrique había decidido ir a la playa de San Sebastián en busca de aquella chica que en el verano del 96 lo dejó sin algo más que palabras, aquella figura femenina que le había robado el alma en un suspiro, la que hizo nacer en él material a sus pensamientos para viajar.

Después de casi 18 años de aquél súbito encuentro, al fin había tomado el valor para ir en busca de sus sueños, para empezar a soñar despierto y vivir lo que alguna vez invadió sus noches y pensamientos.

Llegó a la playa tan seguro de que vería aquel rostro otra vez, tan lleno de esperanza y deseo, pero con el pasar de las horas su esperanza se iba, una y otra vez, montada en las nubes de aquel cielo que prometía algo más.

Pasaron así las cuatro estaciones y ella nunca llegó, y tras un año entero, con el cansancio del alma que provoca la espera decidió sentarse frente al mar y encomendarse al incierto mañana y a la luz del ayer, regalándole un último suspiro a aquél lugar que lo vio vivir de verdad.

Siempre estás ahí

Dexter despertaba todos los días con la ilusión que provoca el más bello de sus sueños, con la alegría que nace en el amanecer de una sonrisa, con ese paréntesis en el tiempo que tiene una oración de amor.

Incluso después de que Emma lo había dejado en ese mundo aún sentía su presencia en cada cosa, en cada acción, persona y suspiro del mundo, en realidad ella nunca lo había dejado solo pues el amor que tuvo por él es más grande que el tiempo en si mismo, y él podía sentirlo, en lo más simple y complejo, en lo más profundo y superficial.

Ella había sido ese pilar fundamental para el crecimiento de Dexter, lo había convertido en mejor persona y enseñado una felicidad inigualable.

Emma estaba en todos lados, se encontraba en sus memorias, en un regalo de cumpleaños, en la navidad, en el amor de cada familia unida, en cada amanecer, atardecer, en las estrellas y las sonrisas que se pueden dibujar en el cielo con ellas, en esa luna que tanto lo cela, en los ríos que rodean a una ciudad, el olor a pan y a suavizante para ropa, en cada esquina y avenida, en la lluvia y el calor de abril, dentro de las más bellas sinfonías que se reproducen a lo largo del tiempo, en esos destellos de amor infinito y en las caricias del aire, en un refresco de cola y versos, versos literarios y de amor matemático, en sus sueños y dentro de si, en todo, ella está ahí.

One day

99 margaritas blancas, una extraña y un girasol.

Margarita despertaba cada mañana con una ilusión inmensamente grande, le encantaba nacer con el amanecer y apreciar ese sol tan basto y lleno de luz y calor, le gustaba sentir esa cálida sensación sobres sus pétalos y sentirse viva.

Era un sentir increíble, pero algo cambió esa vez, Margarita vio algo que no creía, una versión gigante de ella.

Margarita, por alguna razón había crecido con pétalos amarillos y todas sus amigas blancas la miraban extraño, creyendo que no era una de ellas, a veces eso la hacía sentir diferente, pero no era motivo suficiente para que dejara de disfrutar de la luz del sol al amanecer.

–Dicen que ha estado con los humanos y la abandonaron aquí- escuchaba de sus amigas margaritas.

–Dicen que se puede mover y siempre mira hacia el sol, que no hay momento del día en que no sienta su calor.

“¡Que siempre mira hacia el sol! ¡qué barbaridad! sería genial si fuese posible, pero las flores no nos podemos mover con tal libertad” pensaba con admiración y un poco de desmotivación.

–¿Es verdad eso? –preguntó curiosa.

–Eso dicen, no podemos hablar directamente con ella así que sólo decimos lo que nos dicen nuestras vecinas más cerca… es un gigante –le respondieron sus amigas plantadas al lado de ella.

A partir de ese momento Margarita al ver el amanecer que le quedaba de frente también ponía especial atención al girasol, viendo si efectivamente podía moverse sólo para seguir al sol, y con el paso de los días se dio cuenta de que efectivamente era así, y sin conocerlo llegó a tenerle una gran admiración, un poco de envidia, pero más del primero.

Un día una niña muy risueña paseaba por los campos, sentía sus pasos y saltos en las vibraciones de la tierra y le daba algo de miedo que fuera a arrancarla de su tierra. “Estas personas no tienen nada mejor que hacer” llegaba a pensar, y minutos después su pesadilla se hizo realidad, la niña tomó su tallo entre sus dedos y la arrancó… tuvo un efímero momento de angustia y preocupación, pero esta se calmó cuando vio que la niña se dirigía al girasol, tal vez después de tanto esperar podría conocerlo y volverse buenos amigos, tal vez el girasol le contaría su secreto para seguir al sol.

La niña tomó el girasol y ya con la margarita fue a sentarse bajo la sombra de un árbol.

–Tú te llamarás Elisa, girasol, y tú Margarita tal y como eres, pequeña florecita. Ustedes se parecen mucho, estoy seguro que son hermanas o al menos parientes cercanos.

“Esta niña y sus pensamientos” pensaba Margarita.

–Hola, Girasol –se atrevió a decirle.

–Hola, Margarita, ¿cómo has estado? –le respondió.

–Muy bien, girasol, más ahora que puedo hablarte, siempre te he querido hacer una pregunta –dijo emocionada.

–Dime entonces, ¿cuál es? –respondió girasol.

–¿Cómo haces para seguir al sol siempre?

–Oh, eso… no eres la primera flor que me lo pregunta, sinceramente no lo sé, simplemente lo hago –le respondió a Margarita, quién se sentía un poco desanimada por su respuesta– pero te diré algo, no te desanimes, cada flor que existe sobre la tierra tiene una belleza única y una característica especial. Tal vez la mía sea seguir al sol todo el día, pero siempre hay otras cosas.

–Yo no tengo nada –le reprochó Margarita.

–Claro que sí, sólo debes encontrar qué es –le respondió el girasol.

–Mamá, ¡mamá! mira lo que encontré, es un girasol y su hermanita menor- dijo la niña dirigiéndose a una señora con un tono de ternura tan hermoso que la Margarita se conmovió.

–Qué bonito, bebé, ¿sabes? en mi lugar preferido dicen que encontrar margaritas y girasoles juntos es de buena suerte, que hubo un tiempo en donde crecían juntas y eran felices, que las dos miraban siempre al sol –le respondió su mamá.

–¿Y por qué ahora es raro verlas juntas? ¿por qué las margaritas no siguen al sol? –le preguntó con gran inquietud.

–Porque las demás flores siempre las envidiaron, se preguntaban por qué ellas dos podían seguir al sol, y las demás no y ninguna sabía por qué. Fue entonces cuando la familia de las margaritas amarillas, llenas de humildad dejaron de hacer la tradición de vigilar al sol, y se hicieron más pequeñas para que las demás flores no sintieran envidia.

–¿Entonces las margaritas son humildes? –le contestó la niña.

–Pues eso es lo que me contaban de pequeña, yo siempre he creído que son hermosas, y que incluso sin saber mirar al sol pueden causar la envidia de muchas, pero su belleza nadie se las puede quitar.

Margarita se conmovió al saber que un humano pensara así sobre ellas, miró a Girasol y le dijo:

–Gracias.

–¿Por qué? –le respondió el girasol.

–Por recordarme algo que había olvidado sobre mi.

–Pero no hice nada –le dijo Girasol.

–Hiciste más de lo que crees.

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Dos corazones, la misma historia

Un par de sonrisas, dos miradas encontradas, historias compartidas y corazones que se unían en un mismo latir. El joven que hasta ese momento había sido atrapado por el mundo ficticio de un sin fin de autores de libros había sido capturado por un destello increíble de amor, por unos ojos que encerraban el mismísimo misterio de la vida y el encanto de esta. Fue en un momento lleno de magia que se dio cuenta que su vida no sería la misma, sino mejor, que había encontrado algo y a alguien que no se conoce por coincidencia, era un completo milagro, y la revelación de él hacía latir aún más a su corazón.

Compartían la adquisición de conocimientos, ella se sentaba detrás de él, jugaban a despertarse con escuadras o llamar la atención con esos zapatos negros tan llenos del calor de Villahermosa.

Con los días se enamoraron, en las noches se buscaron, entre sus sueños se seguían y al día siguiente reían, compartían un amor tan puro que no se puede describir en palabras, porque no existen, no existen adjetivos o verbos que describan sentimientos y condiciones como aquellas, simplemente lo sabían, lo sentían desde las cosas más simples hasta otras más complejas, desde pequeñas notas en cuadernos hasta eventos grandes y misteriosos que involucraban cada aspecto de su persona.

Entre risas, juegos, canciones, abrazos, besos, bailes con música de la cuál él no estaba muy orgulloso de escuchar, anécdotas, historias, versiones de sus manos juntas, miradas bajo la lluvia, rosas, comida, una ceiba, dos mesas, dos sillas, una mochila cargada, un uniforme blanco y de cuello azul, entre el olor de brownies recién hechos, árboles, ferias, conceptos de medicina, derivadas, integrales, malos chistes matemáticos, confianza, carisma y alegría construyeron su historia, y construyen más que una vida.

Para la dueña de mi corazón, AK

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La bizarra lluvia del señor “A.”

“Un cúmulo de hidrógeno, oxígeno y magia” fue lo que pensó el señor A. cuando volvió su vista al cielo y sintió caer las gotas de agua sobre su rostro, contemplaba ese fenómeno en medio de una calle vacía, le parecía tan natural pero a la vez increíble, recordaba las clases de química y geografía que había tenido y la explicación científica de las precipitaciones, pensaba con tanta lógica una parte de él, pero la otra quedaba completamente perpleja, sentía la frescura de cada pequeña partícula y pensaba en todas las emociones que puede provocar una lluvia, desde un estado reflexivo con un toque de soledad hasta lo que experimentaba en ese momento, una callada alegría que tenía su corazón al usar la contemplación.

Cerraba los ojos y pensaba en su familia, desde sus padres y hermanos hasta su amada esposa e hijos, las personas que tanto amaba y quiénes eran responsables de la felicidad, sonreía sin razón más que el recuerdo de ellos y la fuerte sensación de estar vivo, de pertenecer a esta tierra tan llena de historias, amor, colmada de milagros no vistos.

Abrió los ojos y su ciudad le parecía un mejor lugar, llevaba más que una sonrisa en su rostro y fue dispuesto a ir a su hogar, pasó por rosas para su esposa, por pan recién horneado para sus hijos y por chocolate para preparar una bebida caliente y disfrutar de la calma y frescura del día.

Llegó y por una razón la casa se encontraba vacía, buscó y no encontró a nadie, preocupado salió a preguntar a los vecinos.

-Disculpe, ¿sabe a dónde fueron mi esposa e hijos? llegué a casa y no los he encontrado-Preguntó el Sr. A. a una mujer con un paraguas azul que pasaba por su calle.

-Señor A., ¿es usted?-preguntó la señora.

-Si.

-Su familia no vive en esta calle, ponga más atención en los letreros.-Contestó la señora.

-Pero mi familia vive ahí, en esa casa azul-Reclamó el Sr. A

-No, no vive ahí.

Sintió una frustración inexplicable y logró ver que efectivamente esa no era la calle en donde vivía, ni siquiera era su ciudad, había estado soñando, era un extraña sensación onírica y despertó.

Su esposa estaba a su lado con una respiración tan leve y un sueño tan profundo que conmovió completamente su corazón, le dio un beso en la frente y sin hacer ruido se fue de la cama, se vistió para salir y tomó un paraguas. Salió en busca de rosas, pan y chocolate.

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La flor que hablaba sin voz.

Don Carlos se había perdido en el porche de su casa, si, en el porche de su casa, había sido transportado al mundo de la contemplación al observar a una pequeña flor que crecía entre una porción de tierra a penas visible desde su silla. ¿De dónde había salido? ¿Por qué había tenido el valor de crecer entre sus propiedades? ¿Eran en si sus propiedades sólo porque un papel lo decía? ¿Por qué existir cuando se puede tener la tranquilidad de la nada? ¿Por qué era tan bella y no había tenido nada que hacer?, estas preguntas llevaron a Don Carlos a un estado de pensamiento más profundo de lo normal, hasta que su pequeño nieto de 4 años interrumpió aquel estado y pasó corriendo por el porche.

-¿A dónde vas, pequeño?- dijo Don Carlos.

-Voy a jugar al patio, hoy que entré a la casa vi una flor muy linda y quiero presentársela a mis juguetes, estoy seguro de que la encontrarán más que hermosa.- dijo Gerardo con un tono de inocencia característico de la niñez.

-Pero Gerardito, tus juguetes no pueden hablar ni oír al igual que la flor.

-Abuelo, tú puedes escucharme y hablar, ¿por qué esa flor tan bonita y los juguetes que me regalan tanta alegría no tienen derecho a hacerlo?

Don Carlos se quedó mudo, ¿qué tiene él de especial como para poder escuchar y hablar? ¿cuál es el objetivo de ello? “comunicarse” pensó de inmediato. Volvió su mirada a su nieto y vio una sonrisa increíble, dejó de pensar y corrió a abrazar a su nieto, a hablar con la flor y jugar con muñecos.

 

 

Un día sin sol ni calor

Era una tarde abrazada por vientos del norte, que llevaban en sus brazos el aire que cualquier persona normalmente evita respirar, ese aire pesado y cargado de un hedor insoportable, lleno de recuerdos y sensaciones, carente de sueños e ilusiones.

Ahí estaba Augusto Romero, sentado dentro de una habitación cerrada, intentando evitar aquél viento que invocaba un recuerdo nada grato, y entre libros de filosofía y piezas para violín y piano se refugiaba, intentando hacer que el tiempo pasara, que su agonía acabara, pero algo raro tenía esa tarde, no era sólo el viento lo que le aterraba, de pronto se dio cuenta que era todo en si lo que temor le causaba, el tétrico y apenas visible haz de luz, el constante sonido de las persianas golpeando la ventana que se encontraba helada, el desorden que veía dentro de sus ojos, las notas falladas en un nocturno de Chopin o la gota en caída eterna del lavabo, las palabras secas acerca del amor de un libro de Schopenhauer y el recuerdo de aquellas oraciones de Hermann Hesse en el lobo estepario que producían en su mente un abanico de ideas desconcertantes y lo llevaban a un mundo en donde no había sol, ni calor.

Extrañaba la calidez de los brazos que siempre lo recibían, el aliento y palabras de su familia, los besos llenos de pasión que creaban un nuevo mundo en tiempo récord, la comida, las miradas… parecía que estaba alejado de eso y más, incluso lejos de sí mismo, era una sensación que rara vez ocurre en la vida, de un sentido de no pertenencia tan grande que no comprendes si estás ahí por ti, por alguien más o para alguien más. Sentía que no tenía nada, más que su imaginación y sentido de la percepción, de esa sensación de vaguedad y descontrol

No se daba cuenta que esa sensación nacía más de él que del exterior, y nadie estaba ahí para decirle eso. Sus amigos imaginarios lo acompañaban y al borde de la locura lo acercaban, era una tarde normal en norteña, un desafío personal que se acerca.