Hablando de Marlén

La noche se hacía presente en el teatro Metropólitan de la Ciudad de México un 3 de Junio de 2011, por fuera, la oscuridad que viene después del crepúsculo, por dentro, una ola de personas vestidas de negro queriendo escuchar la poesía cantada de Nacho Vegas.

Con catorce años creo que era el personaje de menor edad entre los que estaban en el concierto, y me sentía algo cohibido por lo mismo, pero el tío que me acompañaba me hacía sentir cómodo con eso, estaba feliz por estar a unos metros de uno de mis más grandes ídolos musicales de ese entonces.

El concierto empezó con “Cuando te canses de mí” y desde ese instante me perdí en el infinito que creó ese momento, cada canción que tocaba el músico asturiano me la sabía de memoria y la cantaba desde el corazón. En un momento hizo una pausa para celebrar el cumpleaños del tecladista que lo acompañaba, Abraham Boba, y México le dedicó las mañanitas desde la capital, no sabía hasta ese momento que tantas personas compartían un gusto similar al mío y apreciaba realmente cada minuto de mi estancia ahi´ y luego de unas canciones más, todo cambió. Escuché un acorde en “Mi” que no era de alguna canción que conociera, me pregunté cuál y empezó a cantar:

Hablando de Marlén, nadie recuerda bien el día en que perdió la voz,
o si es que fue ella quien dejó de hablar.
Se la solía ver con un trozo de pizarra gris
colgándole del cinturón,
a veces había algo que decir.

La hicieron nacer entre bruma y carbón
en algún lugar de la cuenca minera,
pero ya de muy pequeña alguien la trajo a Norteña,
y aquí vivió hasta el final …
aquí vivió hasta el final …

Marlén dio en trabajar por las noches en un club,
el Huracán 72, por dos duros y habitación.
Algunos por allí la conocieron bien,
decían “Ven, mudina, hazme feliz.
Ven y, ya que no hablas, chupa aquí”.

Creo que la vi una tarde en pleno invierno,
recostada en la playa de San Lorenzo,
dibujando con dos dedos en la arena y frente al viento
algo que la mar borró …
algo que la mar borró …

La recuerdo al pasar, sangre seca en su nariz,
y cómo nos reíamos y nos reíamos.
Un día sin más la dejamos de ver,
y creo que nadie preguntó.
Y cómo nos reíamos.

Transcurrió un mes sin que nadie la extrañara,
y alguien la encontró en su habitación ahorcada,
y había escrito en la pizarra estas últimas palabras:
“Adiós, Norteña, olvídame” …
“Adiós, Norteña, olvídame” …

En esa canción no canté, me quedé mudo contemplando cada segundo esos misteriosos versos y la música que me atrapaba, sentí algo en mi pecho y al terminar sabía que debía encontrar el nombre de esa canción por lo que intenté recordar fragmentos de ella para después “googleaerla” y el resultado que obtuve fue: “Hablando de Marlén”, una canción que habla sobre desgracias con una tranquilidad que te da un golpe en el alma, pero no de esos golpes que te tiran dejándote impotente, sino de aquellos que te despiertan, que te dicen que mires afuera y te dan dos lecciones:

  1. Valorar lo que tienes y eres.
  2. Hacer algo por los demás.

Esas fueron las lecciones que me dejó aquel hombre de Gijón sin querer esa noche, y son cosas que cada día intento recordar.

Nacho-Vegas-Centro-Ágora-A-Coruña

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La bizarra lluvia del señor “A.”

“Un cúmulo de hidrógeno, oxígeno y magia” fue lo que pensó el señor A. cuando volvió su vista al cielo y sintió caer las gotas de agua sobre su rostro, contemplaba ese fenómeno en medio de una calle vacía, le parecía tan natural pero a la vez increíble, recordaba las clases de química y geografía que había tenido y la explicación científica de las precipitaciones, pensaba con tanta lógica una parte de él, pero la otra quedaba completamente perpleja, sentía la frescura de cada pequeña partícula y pensaba en todas las emociones que puede provocar una lluvia, desde un estado reflexivo con un toque de soledad hasta lo que experimentaba en ese momento, una callada alegría que tenía su corazón al usar la contemplación.

Cerraba los ojos y pensaba en su familia, desde sus padres y hermanos hasta su amada esposa e hijos, las personas que tanto amaba y quiénes eran responsables de la felicidad, sonreía sin razón más que el recuerdo de ellos y la fuerte sensación de estar vivo, de pertenecer a esta tierra tan llena de historias, amor, colmada de milagros no vistos.

Abrió los ojos y su ciudad le parecía un mejor lugar, llevaba más que una sonrisa en su rostro y fue dispuesto a ir a su hogar, pasó por rosas para su esposa, por pan recién horneado para sus hijos y por chocolate para preparar una bebida caliente y disfrutar de la calma y frescura del día.

Llegó y por una razón la casa se encontraba vacía, buscó y no encontró a nadie, preocupado salió a preguntar a los vecinos.

-Disculpe, ¿sabe a dónde fueron mi esposa e hijos? llegué a casa y no los he encontrado-Preguntó el Sr. A. a una mujer con un paraguas azul que pasaba por su calle.

-Señor A., ¿es usted?-preguntó la señora.

-Si.

-Su familia no vive en esta calle, ponga más atención en los letreros.-Contestó la señora.

-Pero mi familia vive ahí, en esa casa azul-Reclamó el Sr. A

-No, no vive ahí.

Sintió una frustración inexplicable y logró ver que efectivamente esa no era la calle en donde vivía, ni siquiera era su ciudad, había estado soñando, era un extraña sensación onírica y despertó.

Su esposa estaba a su lado con una respiración tan leve y un sueño tan profundo que conmovió completamente su corazón, le dio un beso en la frente y sin hacer ruido se fue de la cama, se vistió para salir y tomó un paraguas. Salió en busca de rosas, pan y chocolate.

lluvia

Viaje al pasado con las estrellas de hoy

¿Quién no se queda maravillado al contemplar la luminosidad  y la belleza de las estrellas al mirar el cielo nocturno? ¿Quién no se ha perdido nunca en ese basto mar de luces que hay sobre nosotros? Todos alguna vez en su vida han hecho una reflexión serena sobre el universo y los misterios que esconde, que han mirado al espacio y han imaginado las maravillas que pueden haber allá afuera, que han dirigido su vista a las estrellas y se han atrevido a soñar. Esta fascinación existe desde siempre, y prueba de ello la encontramos en las civilizaciones antiguas, como la egipcia y las mesoamericanas, en su arquitectura de carácter astronómico y la relación divina que crean, un lazo muy estrecho entre la humanidad y las estrellas, las ventanas del universo.

Observar los objetos astrales que conforman el espacio durante la noche es una de las experiencias más grandes que puedan haber, es mirar a otros mundos y a distintos pasados a la vez, pues las estrellas que vemos se encuentran a cientos o miles de años luz y este haz luminiscente que alcanzamos a ver en la tierra no es más que la luz que un día proyectó, es apreciar el pasado en el presente, leer fragmentos de la historia del universo en vivo y con las letras del conjunto de todas las cosas en el que vivimos, es literalmente viajar por el tiempo y el espacio usando nada más que la contemplación.

Viajar al pasado con las estrellas te da un sentido de pertenencia con el universo en el presente y todos sus tiempos, en el infinito de su espacio y existir, en la maravilla de vivir.

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