99 margaritas blancas, una extraña y un girasol.

Margarita despertaba cada mañana con una ilusión inmensamente grande, le encantaba nacer con el amanecer y apreciar ese sol tan basto y lleno de luz y calor, le gustaba sentir esa cálida sensación sobres sus pétalos y sentirse viva.

Era un sentir increíble, pero algo cambió esa vez, Margarita vio algo que no creía, una versión gigante de ella.

Margarita, por alguna razón había crecido con pétalos amarillos y todas sus amigas blancas la miraban extraño, creyendo que no era una de ellas, a veces eso la hacía sentir diferente, pero no era motivo suficiente para que dejara de disfrutar de la luz del sol al amanecer.

–Dicen que ha estado con los humanos y la abandonaron aquí- escuchaba de sus amigas margaritas.

–Dicen que se puede mover y siempre mira hacia el sol, que no hay momento del día en que no sienta su calor.

“¡Que siempre mira hacia el sol! ¡qué barbaridad! sería genial si fuese posible, pero las flores no nos podemos mover con tal libertad” pensaba con admiración y un poco de desmotivación.

–¿Es verdad eso? –preguntó curiosa.

–Eso dicen, no podemos hablar directamente con ella así que sólo decimos lo que nos dicen nuestras vecinas más cerca… es un gigante –le respondieron sus amigas plantadas al lado de ella.

A partir de ese momento Margarita al ver el amanecer que le quedaba de frente también ponía especial atención al girasol, viendo si efectivamente podía moverse sólo para seguir al sol, y con el paso de los días se dio cuenta de que efectivamente era así, y sin conocerlo llegó a tenerle una gran admiración, un poco de envidia, pero más del primero.

Un día una niña muy risueña paseaba por los campos, sentía sus pasos y saltos en las vibraciones de la tierra y le daba algo de miedo que fuera a arrancarla de su tierra. “Estas personas no tienen nada mejor que hacer” llegaba a pensar, y minutos después su pesadilla se hizo realidad, la niña tomó su tallo entre sus dedos y la arrancó… tuvo un efímero momento de angustia y preocupación, pero esta se calmó cuando vio que la niña se dirigía al girasol, tal vez después de tanto esperar podría conocerlo y volverse buenos amigos, tal vez el girasol le contaría su secreto para seguir al sol.

La niña tomó el girasol y ya con la margarita fue a sentarse bajo la sombra de un árbol.

–Tú te llamarás Elisa, girasol, y tú Margarita tal y como eres, pequeña florecita. Ustedes se parecen mucho, estoy seguro que son hermanas o al menos parientes cercanos.

“Esta niña y sus pensamientos” pensaba Margarita.

–Hola, Girasol –se atrevió a decirle.

–Hola, Margarita, ¿cómo has estado? –le respondió.

–Muy bien, girasol, más ahora que puedo hablarte, siempre te he querido hacer una pregunta –dijo emocionada.

–Dime entonces, ¿cuál es? –respondió girasol.

–¿Cómo haces para seguir al sol siempre?

–Oh, eso… no eres la primera flor que me lo pregunta, sinceramente no lo sé, simplemente lo hago –le respondió a Margarita, quién se sentía un poco desanimada por su respuesta– pero te diré algo, no te desanimes, cada flor que existe sobre la tierra tiene una belleza única y una característica especial. Tal vez la mía sea seguir al sol todo el día, pero siempre hay otras cosas.

–Yo no tengo nada –le reprochó Margarita.

–Claro que sí, sólo debes encontrar qué es –le respondió el girasol.

–Mamá, ¡mamá! mira lo que encontré, es un girasol y su hermanita menor- dijo la niña dirigiéndose a una señora con un tono de ternura tan hermoso que la Margarita se conmovió.

–Qué bonito, bebé, ¿sabes? en mi lugar preferido dicen que encontrar margaritas y girasoles juntos es de buena suerte, que hubo un tiempo en donde crecían juntas y eran felices, que las dos miraban siempre al sol –le respondió su mamá.

–¿Y por qué ahora es raro verlas juntas? ¿por qué las margaritas no siguen al sol? –le preguntó con gran inquietud.

–Porque las demás flores siempre las envidiaron, se preguntaban por qué ellas dos podían seguir al sol, y las demás no y ninguna sabía por qué. Fue entonces cuando la familia de las margaritas amarillas, llenas de humildad dejaron de hacer la tradición de vigilar al sol, y se hicieron más pequeñas para que las demás flores no sintieran envidia.

–¿Entonces las margaritas son humildes? –le contestó la niña.

–Pues eso es lo que me contaban de pequeña, yo siempre he creído que son hermosas, y que incluso sin saber mirar al sol pueden causar la envidia de muchas, pero su belleza nadie se las puede quitar.

Margarita se conmovió al saber que un humano pensara así sobre ellas, miró a Girasol y le dijo:

–Gracias.

–¿Por qué? –le respondió el girasol.

–Por recordarme algo que había olvidado sobre mi.

–Pero no hice nada –le dijo Girasol.

–Hiciste más de lo que crees.

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La flor que hablaba sin voz.

Don Carlos se había perdido en el porche de su casa, si, en el porche de su casa, había sido transportado al mundo de la contemplación al observar a una pequeña flor que crecía entre una porción de tierra a penas visible desde su silla. ¿De dónde había salido? ¿Por qué había tenido el valor de crecer entre sus propiedades? ¿Eran en si sus propiedades sólo porque un papel lo decía? ¿Por qué existir cuando se puede tener la tranquilidad de la nada? ¿Por qué era tan bella y no había tenido nada que hacer?, estas preguntas llevaron a Don Carlos a un estado de pensamiento más profundo de lo normal, hasta que su pequeño nieto de 4 años interrumpió aquel estado y pasó corriendo por el porche.

-¿A dónde vas, pequeño?- dijo Don Carlos.

-Voy a jugar al patio, hoy que entré a la casa vi una flor muy linda y quiero presentársela a mis juguetes, estoy seguro de que la encontrarán más que hermosa.- dijo Gerardo con un tono de inocencia característico de la niñez.

-Pero Gerardito, tus juguetes no pueden hablar ni oír al igual que la flor.

-Abuelo, tú puedes escucharme y hablar, ¿por qué esa flor tan bonita y los juguetes que me regalan tanta alegría no tienen derecho a hacerlo?

Don Carlos se quedó mudo, ¿qué tiene él de especial como para poder escuchar y hablar? ¿cuál es el objetivo de ello? “comunicarse” pensó de inmediato. Volvió su mirada a su nieto y vio una sonrisa increíble, dejó de pensar y corrió a abrazar a su nieto, a hablar con la flor y jugar con muñecos.