No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”

Joaquín Sabina.

Aquella cita resuena una y otra vez en mi cabeza, un pensamiento que se aferra a mi como si la vida dependiera de ello, como si mi presente se justificara de esa forma.

En tiempos en donde la luz interior es un lujo, cuando la enemiga de la humanidad “arrepentimiento” invade el corazón de las personas, esta frase como mantra me ha ayudado a convertir lo oscuro a opaco, lo opaco a algo más claro y eso a un material radiante, proyector de luz, sueños e ilusiones, como varios puentes conectados entre la desesperación y la alegría, como un conjunto de escalones que te sacan del peor abismo a un campo tapizado de flores en armonía con el cielo.

Es difícil cuando has vivido dentro de una cueva lo suficiente como para querer la oscuridad, abrazarla y no dejarla porque es lo único que conoces, realmente es difícil por el miedo a que la luz, esa promesa de los dioses, te llegue a quemar de tan intensa que puede ser, pero es aún más difícil dejar que te toque, enamorarte de ella y perderla.

La dificultad radica en el conocimiento, en saber sobre aquella experiencia tan placentera y de totalidad espiritual que se alcanza y que no lo tengas. En esos momentos mirando el presente incierto buscas un por qué en el pasado, y al voltear los ojos del espíritu hacia atrás uno de los sentimientos que se pueden encontrar es la culpa. Claro, depende de en qué acciones ocupes la mente, pero en el caso de aquellas que te llenaron de una felicidad inmensa, cuando miras hacia atrás y ves que una decisión que tal vez carecía de lógica te llenó de amor y una luz radiante como el sol te das cuenta que no habrías cambiado eso por nada del mundo, que no te arrepientes de nada que hayas hecho por amor, que es mejor hacerlo y después extrañar, porque “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, porque extrañar significa que el sentimiento es real.