No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”

Joaquín Sabina.

Aquella cita resuena una y otra vez en mi cabeza, un pensamiento que se aferra a mi como si la vida dependiera de ello, como si mi presente se justificara de esa forma.

En tiempos en donde la luz interior es un lujo, cuando la enemiga de la humanidad “arrepentimiento” invade el corazón de las personas, esta frase como mantra me ha ayudado a convertir lo oscuro a opaco, lo opaco a algo más claro y eso a un material radiante, proyector de luz, sueños e ilusiones, como varios puentes conectados entre la desesperación y la alegría, como un conjunto de escalones que te sacan del peor abismo a un campo tapizado de flores en armonía con el cielo.

Es difícil cuando has vivido dentro de una cueva lo suficiente como para querer la oscuridad, abrazarla y no dejarla porque es lo único que conoces, realmente es difícil por el miedo a que la luz, esa promesa de los dioses, te llegue a quemar de tan intensa que puede ser, pero es aún más difícil dejar que te toque, enamorarte de ella y perderla.

La dificultad radica en el conocimiento, en saber sobre aquella experiencia tan placentera y de totalidad espiritual que se alcanza y que no lo tengas. En esos momentos mirando el presente incierto buscas un por qué en el pasado, y al voltear los ojos del espíritu hacia atrás uno de los sentimientos que se pueden encontrar es la culpa. Claro, depende de en qué acciones ocupes la mente, pero en el caso de aquellas que te llenaron de una felicidad inmensa, cuando miras hacia atrás y ves que una decisión que tal vez carecía de lógica te llenó de amor y una luz radiante como el sol te das cuenta que no habrías cambiado eso por nada del mundo, que no te arrepientes de nada que hayas hecho por amor, que es mejor hacerlo y después extrañar, porque “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, porque extrañar significa que el sentimiento es real.

Viaje al pasado con las estrellas de hoy

¿Quién no se queda maravillado al contemplar la luminosidad  y la belleza de las estrellas al mirar el cielo nocturno? ¿Quién no se ha perdido nunca en ese basto mar de luces que hay sobre nosotros? Todos alguna vez en su vida han hecho una reflexión serena sobre el universo y los misterios que esconde, que han mirado al espacio y han imaginado las maravillas que pueden haber allá afuera, que han dirigido su vista a las estrellas y se han atrevido a soñar. Esta fascinación existe desde siempre, y prueba de ello la encontramos en las civilizaciones antiguas, como la egipcia y las mesoamericanas, en su arquitectura de carácter astronómico y la relación divina que crean, un lazo muy estrecho entre la humanidad y las estrellas, las ventanas del universo.

Observar los objetos astrales que conforman el espacio durante la noche es una de las experiencias más grandes que puedan haber, es mirar a otros mundos y a distintos pasados a la vez, pues las estrellas que vemos se encuentran a cientos o miles de años luz y este haz luminiscente que alcanzamos a ver en la tierra no es más que la luz que un día proyectó, es apreciar el pasado en el presente, leer fragmentos de la historia del universo en vivo y con las letras del conjunto de todas las cosas en el que vivimos, es literalmente viajar por el tiempo y el espacio usando nada más que la contemplación.

Viajar al pasado con las estrellas te da un sentido de pertenencia con el universo en el presente y todos sus tiempos, en el infinito de su espacio y existir, en la maravilla de vivir.

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