No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”

Joaquín Sabina.

Aquella cita resuena una y otra vez en mi cabeza, un pensamiento que se aferra a mi como si la vida dependiera de ello, como si mi presente se justificara de esa forma.

En tiempos en donde la luz interior es un lujo, cuando la enemiga de la humanidad “arrepentimiento” invade el corazón de las personas, esta frase como mantra me ha ayudado a convertir lo oscuro a opaco, lo opaco a algo más claro y eso a un material radiante, proyector de luz, sueños e ilusiones, como varios puentes conectados entre la desesperación y la alegría, como un conjunto de escalones que te sacan del peor abismo a un campo tapizado de flores en armonía con el cielo.

Es difícil cuando has vivido dentro de una cueva lo suficiente como para querer la oscuridad, abrazarla y no dejarla porque es lo único que conoces, realmente es difícil por el miedo a que la luz, esa promesa de los dioses, te llegue a quemar de tan intensa que puede ser, pero es aún más difícil dejar que te toque, enamorarte de ella y perderla.

La dificultad radica en el conocimiento, en saber sobre aquella experiencia tan placentera y de totalidad espiritual que se alcanza y que no lo tengas. En esos momentos mirando el presente incierto buscas un por qué en el pasado, y al voltear los ojos del espíritu hacia atrás uno de los sentimientos que se pueden encontrar es la culpa. Claro, depende de en qué acciones ocupes la mente, pero en el caso de aquellas que te llenaron de una felicidad inmensa, cuando miras hacia atrás y ves que una decisión que tal vez carecía de lógica te llenó de amor y una luz radiante como el sol te das cuenta que no habrías cambiado eso por nada del mundo, que no te arrepientes de nada que hayas hecho por amor, que es mejor hacerlo y después extrañar, porque “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, porque extrañar significa que el sentimiento es real.

Hablando de Marlén

La noche se hacía presente en el teatro Metropólitan de la Ciudad de México un 3 de Junio de 2011, por fuera, la oscuridad que viene después del crepúsculo, por dentro, una ola de personas vestidas de negro queriendo escuchar la poesía cantada de Nacho Vegas.

Con catorce años creo que era el personaje de menor edad entre los que estaban en el concierto, y me sentía algo cohibido por lo mismo, pero el tío que me acompañaba me hacía sentir cómodo con eso, estaba feliz por estar a unos metros de uno de mis más grandes ídolos musicales de ese entonces.

El concierto empezó con “Cuando te canses de mí” y desde ese instante me perdí en el infinito que creó ese momento, cada canción que tocaba el músico asturiano me la sabía de memoria y la cantaba desde el corazón. En un momento hizo una pausa para celebrar el cumpleaños del tecladista que lo acompañaba, Abraham Boba, y México le dedicó las mañanitas desde la capital, no sabía hasta ese momento que tantas personas compartían un gusto similar al mío y apreciaba realmente cada minuto de mi estancia ahi´ y luego de unas canciones más, todo cambió. Escuché un acorde en “Mi” que no era de alguna canción que conociera, me pregunté cuál y empezó a cantar:

Hablando de Marlén, nadie recuerda bien el día en que perdió la voz,
o si es que fue ella quien dejó de hablar.
Se la solía ver con un trozo de pizarra gris
colgándole del cinturón,
a veces había algo que decir.

La hicieron nacer entre bruma y carbón
en algún lugar de la cuenca minera,
pero ya de muy pequeña alguien la trajo a Norteña,
y aquí vivió hasta el final …
aquí vivió hasta el final …

Marlén dio en trabajar por las noches en un club,
el Huracán 72, por dos duros y habitación.
Algunos por allí la conocieron bien,
decían “Ven, mudina, hazme feliz.
Ven y, ya que no hablas, chupa aquí”.

Creo que la vi una tarde en pleno invierno,
recostada en la playa de San Lorenzo,
dibujando con dos dedos en la arena y frente al viento
algo que la mar borró …
algo que la mar borró …

La recuerdo al pasar, sangre seca en su nariz,
y cómo nos reíamos y nos reíamos.
Un día sin más la dejamos de ver,
y creo que nadie preguntó.
Y cómo nos reíamos.

Transcurrió un mes sin que nadie la extrañara,
y alguien la encontró en su habitación ahorcada,
y había escrito en la pizarra estas últimas palabras:
“Adiós, Norteña, olvídame” …
“Adiós, Norteña, olvídame” …

En esa canción no canté, me quedé mudo contemplando cada segundo esos misteriosos versos y la música que me atrapaba, sentí algo en mi pecho y al terminar sabía que debía encontrar el nombre de esa canción por lo que intenté recordar fragmentos de ella para después “googleaerla” y el resultado que obtuve fue: “Hablando de Marlén”, una canción que habla sobre desgracias con una tranquilidad que te da un golpe en el alma, pero no de esos golpes que te tiran dejándote impotente, sino de aquellos que te despiertan, que te dicen que mires afuera y te dan dos lecciones:

  1. Valorar lo que tienes y eres.
  2. Hacer algo por los demás.

Esas fueron las lecciones que me dejó aquel hombre de Gijón sin querer esa noche, y son cosas que cada día intento recordar.

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El sabor de México

Tacos, tortas, flautas, gorditas, memelas, molotes, picadas veracruzanas, mole poblano, oaxaqueño, tlayudas, pastes, enchiladas… estos son sólo algunos ejemplos de la riqueza gastronómica que posee México, de esa variedad de sabores tan grande que caracteriza a la nación, que enriquece su cultura y hace de cualquier paladar una experiencia inolvidable.

Comer de estos platillos mexicanos es navegar al pasado, a sus raíces culturales e historia. Desde las antiguas civilizaciones mexicanas, pasando por la conquista y la época colonial, la independencia, la revolución hasta llegar a nuestros tiempos cada platillo ha sido conservado de una manera ejemplar, por medio de la tradición culinaria se ha podido preservar esta riqueza que en 2010 fue considerada como patrimonio inmaterial de la humanidad por la UNESCO.

Sus ingredientes principales son el maíz, el jitomate, diversos tipos de chiles, los nopales, frijoles, arroz y chocolate, le dan un sabor muy peculiar y característico a cada platillo, un sello único que se queda en la mente de cualquier persona.

Todos estos productos han sido cultivados y utilizados desde antes de la conquista y no se ha perdido la tradición gracias a la enseñanza de generaciones, pues cada una lleva conocimientos de su predecesora, y esta es una de las características más destacables de la cocina mexicana, la manera en que históricamente se ha preservado el sabor, ese sabor cuyo significado no se queda en el placer gustativo, lleva historias de sacrificio, esperanza, sueños, libertad, dolor y penas, pero sobre todo de amor y unión familiar, de la alegría de la vida, del arte de comer.

Quienes hemos tenido la gracia de haber probado esta gastronomía sabemos muy bien el valor que contiene cada porción de comida, de la sensación unión y amor que se vive detrás del proceso de preparación, de la humildad, pero gran riqueza de esa experiencia y de las historias detrás de ella.

Lo más importante detrás de la comida son las personas, recordar lo mejor de nuestra familia y antepasados probando una delicia es una de las experiencias más grandes que hay.

Para aquella persona que me recuerda los valores de la cocina, el amor y la cultura gastronómica.

picadas

México Bárbaro

Recientemente leí una obra periodística creada por el estadounidense John Kenneth Turner, una serie de ensayos titulados: México bárbaro.

Se habla mucho sobre la tiranía del dictador Porfirio Díaz Mori durante el tiempo que ocupó el cargo de presidente de los Estados Unidos Mexicanos, pero a la vez de un crecimiento económico e industrial envidiable, mejorando la calidad de vida de los mexicanos.

A finales del siglo XIX y principios del siglo XX países extranjeros, en especial Estados Unidos veían con buenos ojos las tierras mexicanas para invertir capital, pues era muy seguro que produciría buenas ganancias. Díaz apostó por la inversión extranjera, pero cometió un error muy grande: olvidarse de su pueblo. México tenía una disparidad social tremenda, y John Kenneth Turner lo dio a conocer al mundo a través de este libro.

El norteamericano realizó un recorrido por México, comenzando por Yucatán y exponiendo los principios de la esclavitud “legal” que se usaba en México, el peonaje, la manera en que los más ricos se aprovechaban de las personas endeudándolas y obligándolas a pagar sus deudas mediante un trabajo forzado y sin fin, pues nunca podían terminar de pagar sus deudas.

Su viaje continúa por los territorios yaquis y después al Valle nacional, que según la obra era un verdadero infierno para los trabajadores. Llega a describir los sentimientos de las personas a las que conoce y su opinión al respecto a llegar a un punto en que no tener empatía con la obra es imposible y menos si eres mexicano y tienes raíces en estas tierras explotadas.

 

Una obra muy completa para conocer la situación social y económica del México del porfiriato, los antecedentes de la revolución mexicana que explotó en 1910 y un poco de la personalidad de el dictador y militar mexicano Porfirio Díaz Mori, letras para cuestionarse sobre el objetivo de la política, la moral aplicada en la sociedad, para reflexionar sobre el valor de la libertad humana y despreciar la esclavitud como sistema de producción.

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